La casa del visir

Me pregunté por las mujeres que no fueron fotografiadas en la casa de verano del gran visir. Las mujeres enterradas por el tiempo y la química prohibida de los retratos. Quise ver el espectro del goce en sus rostros, aunque fuera en una emulsión de hace noventa años. En las estancias aparecía la estirpe masculina que agasajó con honores a los probostes. Entonces los colonos españoles se aferraban torpemente al último sorbo del imperio. Eran las fuerzas vivas de un cadáver. Los generales africanistas y los jeques marroquíes compartieron alegrías con Miguel Primo de Rivera, invitado habitual a las bodas y cenáculos que oficiaba el bisabuelo de Ahmed. El gran visir se afanó en velar por el orden frágil de las cabilas rifeñas y los intereses del Majzen y Madrid en la zona. De tal época la finca conservaba el patio, los pilares y la solería blanca y negra del salón. Allí estaba el abuelo de Ahmed, un viejo inmóvil en una mecedora. El hijo del visir dormitaba. Tenía una chilaba añil, las cuentas en las manos y los pómulos arrugados como bolas de papel húmedo. Las voces femeninas también eran fantasmas del presente, no solo ausencias de la alquimia. La mujer de Ahmed sirvió el té en silencio, gentil y sonriente. Otra anciana arrastró los pies por la cocina hasta una celosía de penumbras donde encendió la televisión. Ellos disertaban sobre el éxodo andalusí a Tetuán, junto a miles de judíos, unidos en la diáspora. Aquel patio de naranjos albergó encuentros históricos, paseos y charlas de gobernantes, bajo el aroma de las fiestas familiares. Allí se fraguaron revueltas y alianzas. Para lo que fuera siempre fue el lugar de las celebraciones. Sin embargo de sus paredes solo colgaban fotografías de hombres. Había un vacío semejante al escenario de un robo. 

 

Foto calle del visir

La gravedad

Resulta muy difícil distinguir a las estrellas más frías de las enanas marrones, estrellas fallidas porque en su interior no se ha alcanzado la temperatura necesaria para que se produzcan las reacciones nucleares típicas de las estrellas ‘puras’. A veces la vista se detiene en los rincones más insospechados de la Vía Láctea. Me he fijado en este párrafo de un despacho de agencias y no he podido dejar de leer. El resto de la crónica informa de la futura localización de miles de estrellas enanas ultra-frías. Se trata de la misión Gaia, como la diosa Tierra y la otra orilla del Duero en Oporto, donde las bodegas. Pero no he bebido ni es ciencia ficción. La Agencia Estatal Europea pondrá el satélite en órbita el próximo otoño. Gaia dará vueltas alrededor del Sol, en la línea imaginaria que le une a nuestro planeta, pero un millón y medio de kilómetros detrás, señala ufana la nota de Europa Press. Flotará en un punto que alguien llamó Lagrange. La misión aplicará un método de medición de la temperatura y la gravedad en el que participan científicos de la Universidad de Cádiz, entre otros. Determinarán la posición de las estrellas, nuevos planetas en torno a ellas, asteroides e incluso otras galaxias. En ese puzzle estrellado solo se detectarán unas decenas de las más gélidas. Las que tienen una temperatura inferior a los 1.500 kelvin, una cuarta parte del ardor del sol. Al menos de día. Todo esto a partir de tecnologías mineras y programas infomáticos; de viajes al centro de la Tierra y códigos binarios. Imagino que los de Lagrange, si pudieran medirnos, se sorprenderían de nuestra gravedad y temperatura interior. ¿Y si un día no hubiera  suficiente calor para producir las reacciones nucleares típicas de este planeta? Seríamos como una estrella enana, marrón y escurridiza, apenas medible por un satélite.

El seductor

Jan sabía ponerle caras a la muerte pero no al deseo. Así que levantó el teléfono y resolvió invitarla a un café. Era verano en Estocolmo. En una terraza de verano le preguntó: ¿Quiere usted sexo conmigo? Avergonzada la viuda se mordió los labios. Ese chico podía ser su agosto. Casi le doblaba la edad. El café ardía en sus manos y dijo adiós. Se fue ensimismada. Jan era guapo, demasiado angelical, pensó alejándose. Nunca terminaría de entender aquel país. Un empleado de funeraria espera seis meses a preguntar lívido si quieres acostarte con él. Funestamente, concluyó, no sé si esto me ocurre porque soy una mujer latina.

El desvelo

Si pierdes seis hermanos las ausencias son muy profundas. Hay que dar(se) los homenajes en vida. Por eso escribo sobre ella con la urgencia del amor. Solía caminar por casa -todavía lo hace- en busca del sueño tras la carta de ajuste. Mi cama estaba en el salón. Así me acostumbré a dormir en mitad de los trasiegos. Nunca tuve miedo a la oscuridad, porque ahí estaba ella haciendo gimnasia en plena madrugada. Podría recordar “tantas noches en vela por vosotros”. Por un catarro enquistado “con esa tos de perro” o por los vuelos transoceánicos “que no pongo ni la radio”. Aunque yo viaje a un país violento su trance es el avión. Ella, que nunca ha volado, ha sufrido el desvelo de sobrevolar medio mundo. De noctámbula la recuerdo pintar marinas y bodegones con una mascarilla en la nariz para soportar el olor del óleo. También le dio por escribir y ensayar monólogos de teatro; nuevas maneras de ser ella misma al final de la jornada. Ella, a quien agradezco tanto el querernos proteger a toda costa de los riesgos de los vivos, sigue siendo una niña. Hace tiempo que perdió el amparo de sus padres. En pocos años también ha perdido seis hermanos. De diez quedan cuatro. Es una de esas familias grandes y humildes que han vertebrado casi un siglo de Andalucía. En ellos -los que se quedan y los que se fueron- veo el tiempo, las arrugas y la mirada de los niños. Es cierto que existe un vínculo paralelo entre los abuelos y los nietos: sentirse protegidos. En el entretanto de los años olvidamos con frecuencia ese estado frágil y necesario. Yo, que no temía a la oscuridad, he recordado que paso miedo si la negrura es absoluta ¿Acaso no sientes angustia a oscuras y desorientado en una habitación desconocida? Sin nadie que te coja la mano y encienda la luz. Con la urgencia del amor.

Nabusimake

Si te enamoras de un forastero debes abandonar el vergel. El precio del amor es el destierro. En Nabusimake no hay lugar para amar a un extranjero. Es el coste de preservar su cultura; una regla sagrada adoptada por los mamos (jefes espirituales) de la tribu. Los arhuacos rechazan la violencia y la contaminación de los hombres blancos, como aquellos capuchinos españoles que les evangelizaron en el siglo XVIII. En 1980 lograron echar a los curas del edén. Guardan muy poco cariño a los colonizadores ibéricos. La memoria histórica no les traiciona. Los monjes adoctrinaron a los arhuacos en el absolutismo católico pero los indígenas nunca perdieron su fe en los dioses de la naturaleza.

“Ahora no hay choque religioso, tenemos ambas creencias”, comenta Casiano sobre el sincretismo de su gente. Casiano es un hombre enano y perspicaz. Sorteamos chozas construidas con tierra amasada y tejados de paja. Entre los gallos, los marranos y un maizal hay cuatro hombres sentados. Uno de ellos es un mamo: “¿Dónde va paisano?”, pregunta. Casiano dice que espere en la linde. Entra en la finca para saludar al grupo e intercambiar hojas de coca en sus morrales. “Adelante, voy p’alante”, respondo.

Mi guía terrenal ha traído una tanza y se pone a pescar en La Canal, un arroyo de culto situado a las afueras de la aldea. El valle es frondoso y fértil. En La Canal hay una poza para que se bañen los hombres y otra para los mujeres. Esta tarde no hay nadie. Solo se escuchan los pájaros, el torrente y los chasquidos de Casiano mascando coca. Primero tritura y luego escupe en el poporo, la vasija donde mezclan las hojas y un polvillo raspado de conchas de mar de Santa Marta. Untado en saliva -igual que se fermenta la chicha entre los dientes- ese bolo se aplica al recipiente sujeto a un mortero y va aumentando de tamaño, como un modelado de cerámica. Los mamos bendicen los poporos. Y los poporos alivian a los arhuacos del hambre y el cansancio. Son poco más de 20.000 personas, asentadas en zonas altas de la Sierra Nevada, como Nabusimake o Pueblo Bello. Aún así es difícil sustraerse del fraude de los hombres blancos. Decenas de indígenas han caído en la guerra de Colombia, a manos de unos u otros. Otros miles han sido desplazados. Al cruzarte con ellos, tan dignos en sus caballos y melenas; o con ellas, cargando los morrales en la cabeza sin un gesto de queja, exhiben miradas ceñudas y escrutadoras. Suelen contestar al saludo, hasta esbozan media sonrisa, pero sus ojos adustos recuerdan que eres parte de una amenaza. Y el amor es el precio. Permitir parejas mixtas en el poblado sería el principio del fin de todo un pueblo.

Un barrio colombiano

Hay chorizos asados y pinchitos de res en un puesto ambulante, un balcón de artesonado, un letrero en venta, techos altos, lámparas de arañas y una señora que ofrece llamadas de celular por 150 pesos el minuto. Los criollos, los mulatos y los negros mueven reyes y caballos en los tableros de ajedrez en los asientos de cemento. Hay desconchones, espejos y vacíos en el interior de las casas que ahora recuperan sus trazos pasteles. Las familias se solazan a la fresca cuando llega el crepúsculo. Hay puertas abiertas que exhalan altos voltajes de salsa, vallenato y regaetton. El empacho de megavatios es ilimitado. Anoche surgió una rumba y continúa por la mañana con el mismo estruendo. Cuando la música se desaborla es imposible dormir en algunas calles; los muros se tambalean y los parlantes revientan. Los viejos a lo suyo, en las mecedoras. En vísperas de viajar a Colombia con luna llena he retomado este texto de hace dos años en el barrio de Getsemaní en Cartagena de Indias. ¿Quién quiere una guía turística teniendo memoria y amigos que te esperan? No tener un plan de viaje es también un gran plan. Colombia dirá. 

Novelas en el aire

Aquel tipo solo me dijo cuatro palabras cuando tocamos tierra. Volábamos en avión. Algunos también volábamos con la música. Escuchamos Norwegian Wood en el hilo musical que ponen en esos minutos en los que todo está en suspensión y celebramos pellizcarnos. Ambos miramos arriba y nos concentramos en la luz roja de abróchense los cinturones. Era ese instante, nada angelical que pintan las malas películas, en el que nos preguntamos si aterrizaremos de una vez o el piloto se dedicará a jugar al tío vivo por aburrimiento o falta de pericia. Aquel hombre era japonés y pensaba en otras vidas…Tras un vuelo en silencio, casi perfecto, sin sobresaltos, terminó el tema de los Beatles y se giró para decirme: “Ya tengo el principio”. Mucho después publicó Tokyo Blues.

Un conferenciante llamado deseo

 

Hay correos electrónicos que encierran grandes relatos.

Hace unos días recibí este diálogo, que se registró al salir de la estación de trenes de Cádiz: 

-Hola, perdona, ¿eres Ignacio?

-Sí, soy yo.

-Soy Tamara, ¿cómo ha ido el viaje?

-Muy bien, pero ahora que he llegado pues mejor.

-Oye, pues como veas, ¿nos tomamos un café o vamos al hotel directamente?

-Pues, no sé, como quieras tú.

-Pues nos tomamos el café antes, ¿no? Es pronto para ir al hotel…

-Vale, vale, lo que tú digas…

(Avanzamos hasta salir de la estación).

-Bueno, sí, te digo que a las seis y media viene mi compañero Lorenzo a recogerte al hotel para llevarte a dar la conferencia.

-¿Qué conferencia?

-Hombre ¡la tuya!

-Yo no vengo a dar una conferencia.

-Pero…¿Tú no eres Ignacio Álvarez?

-No, no, yo me llamo Ignacio (no se qué).

-Ay, pues perdona que me he confundido.

-Bueno, mujer, da igual, ya lo del hotel si no quieres pues nada, pero el café sí lo podemos tomar, ¿no?

 

El hueco

Hay en el rendirse una espera que aguarda nada a cambio. Se pliega cuidadosamente el ego y se archiva con el automatismo de un funcionario. Si logramos no desgastarnos en quejas daremos el siguiente paso: solicitar un favor liviano que posiblemente se aplazará a mañana. En el entretanto del a ver si luego y el bueno ya veremos. En esas me levanté enojado de la silla. 

-”Mire, es la tercera vez que vengo a hablar con su jefe y nunca está en su despacho”. 

-”Disculpe, señor, pero siempre le pilla en el hueco de la mañana…”-respondió la secretaria. 

 

La inopia

Hay noches de cábalas donde viajo a ninguna parte. La nada es un estanque. Llueve sin cesar y el viento repica en las azoteas. En un desapego de invierno el cerebro se hace líquido. Las imágenes remontan los tejados y filtran un lago. Hay colinas y bosques de robles. Hay noches en las que recordamos la última noche. La memoria nos hace felices. El éxtasis imaginario. Brincamos desnudos desde un embarcadero de luna de verano. Esas noches se acomodan en las rutinas y generan estados perplejos. Son simuladoras de paraísos del pasado imperfecto. Noches del sueño futuro. Me pregunto qué tiene de malo estar en la inopia, ese vuelo declarado improductivo. Qué hay más productivo que ser brisa. Estar en la parra, de besos y veredas. Inopias como desarmes del alma. Para quedarme en ellas. Escurridizas. Horas de paso